la guerra . En una votación legislativa , como
si fueran generales, el presidente, los secretarios de Estado, los
coordinadores parlamentarios y los líderes de los partidos
deben ser capaces de medir la fuerza de sus adversarios y de contar
con más gente que el contrario en el lugar mismo del choque,
ya sea éste la reforma eléctrica o la
reforma fiscal .
El que triunfa es aquél que logra tener la
supremacía en cada combate, aunque en conjunto sea el
más débil. A dos años de dirigir los
ejércitos del cambio, Vicente Fox no ha triunfado en
ninguna batalla importante. Y es que aún no comprende la
lógica de la política parlamentaria, la única
viable para el futuro de México. Los votos y la regla de la
mayoría excluyen automáticamente el voluntarismo
mesiánico que lo caracteriza. Lamentablemente, en estos dos
años, Vicente Fox no ha comprendido aún que el
único lugar que puede controlar con su mente es su propio
cuerpo y que para gobernar se requiere llegar a acuerdos.
El recuento del malestar entre sus tropas es largo: las
promesas incumplidas , los desmentidos diarios , las
malas traducciones, el conflicto abierto entre los miembros de su
plana mayor, los desplantes pirotécnicos de sus
giras, etcétera. Durante su campaña todo era oro y
miel . Hasta sus derrotas más vergonzantes supo
convertirlas en victorias. El martes negro previo al debate se
convirtió en un eslogan sencillo y eficaz: hoy, hoy, hoy.
Quizá él era el único que no estaba
sorprendido por su propia grandeza. El cambio había
llegado , él lo encarnaba y el cielo era el
límite.
Sus retos para los próximos cuatro años siguen
siendo los mismos que al inicio del sexenio: asegurar la
legitimidad de la acción pública , generar
acuerdos, garantizar la gobernabilidad democrática ,
reducir ambigüedades y, sobre todo, aplicar una visión
de Estado más allá del pragmatismo electoral .
Esto último preocupa particularmente porque las elecciones
son el ámbito donde más cómodo se siente el
presidente y donde ha cosechado sus mayores éxitos. Sin
embargo, también ha sido la fuente de mayor desencanto entre
la población.
La dirección del cambio no ha quedado clara en estos dos
años. Subyacente a la idea de sacar al PRI de Los Pinos
estaba la idea de que la política dejara de
contaminar a la administración. Vicente Fox tiene cuatro
años por delante. Tiempo suficiente para entregar buenas
cuentas o hundir al país. Más allá del
límite temporal de su mandato, él mismo será
el artífice de su imagen ante la historia. Imagen que puede
ser la de un gran presidente, un general, un hombre de Estado, que
supo equilibrar las tensiones entre gobernabilidad y cambio;
o la de un farsante que defraudó al país, que obtuvo
el poder y lo regreso. El tiempo dirá.