27-Julio-2004
La asamblea legislativa francesa aprobó un proyecto de ley que prevé la transformación de las empresas públicas de electricidad y gas Electricité de France y Gaz de France, en sociedades anónimas. ¿Es una privatización? No precisamente, porque el Estado mantendrá una participación de 70% del capital de ambas empresas. Asimismo, se acordó permitir la entrada de más compañías al mercado eléctrico francés. La Unión Europea, atendiendo las peticiones de compañías eléctricas de otros países, presionó al gobierno francés para poner fin al status de monopolio protegido que habían tenido, abriendo paso a la creación de un mercado energético europeo, donde EDF y GDF ahora podrán operar libremente. El caso recuerda la apertura de la industria petrolera en Brasil, donde se terminó con el monopolio de Petroleo Brasileiro, Petrobras, y autorizó la competencia extranjera en petróleo y gas. En este contexto, lejos de sucumbir ante la apertura, Petrobras ha prosperado. Brasil ha ido mucho más allá de lo que cualquier funcionario mexicano ha propuesto como reforma para Pemex, si bien hay que reconocer que su director general Raúl Muñoz Leos ha hecho hincapié en la importancia de darle a la paraestatal autonomía financiera y de gestión. También ha propuesto una reforma fiscal y que la legislación mexicana le permita realizar asociaciones con otras empresas para el desarrollo de proyectos a lo largo de la cadena productiva, lo cual está prohibido actualmente. Es razonable suponer que la nueva apertura energética en Francia será benéfica para EDF, para GDF y para los consumidores en ese país. ¿No se podría hacer algo similar en México, abrir el mercado energético a múltiples participantes y liberar a Pemex y CFE del yugo fiscal? Teóricamente sí, pero no sería nada fácil, pues muchos mexicanos tenemos la impresión de que cuando el gobierno habla de aperturas y reformas en energía, sus propósitos obedecen a un proyecto energético globalizador, en el que los intereses extranjeros tienen prioridad. Si se propusiera para México una apertura al estilo francés o brasileño, de inmediato se despertaría la desconfianza o la oposición de grupos muy diversos, pues los mitos históricos, presiones, carga fiscal, desacuerdos políticos, escasa autoridad, los privilegios, intereses y la corrupción son factores que hacen inviable cualquier propuesta razonable. Hoy, la apertura energética está trabada por varios asuntos. Mientras tanto, el sector está haciendo crisis por todos lados por falta de una visión de largo plazo, de una planeación bien hecha, de un proyecto consensado de reforma, de un marco legal moderno y congruente, de una autoridad sectorial operante, de una regulación fuerte y de un compromiso con los consumidores. Se puede apreciar en los casos de Francia y Brasil un excelente modelo de apertura que México podría imitar y aprovechar. Sin embargo, nadie lo promueve, nadie lo discute y nadie lo podría aplicar. Quizás la única esperanza que nos queda es que llegue al poder en el 2006 un presidente con visión clara de qué hacer.
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