06-Octubre-2003
Es un poco como el efecto magnético que tuvieron los primeros descubrimientos de petróleo en el mar Caspio en la Rusia zarista. Los ejecutivos y ministros petroleros de Moscú han sido cortejados por empresarios petroleros occidentales ansiosos de invertir, por gobiernos asiáticos deseosos de garantizar su suministro de crudo e incluso por un saudita que desea cooperar en la producción petrolera. Ha surgido la pregunta de si Rusia puede convertirse en una superpotencia energética, recuperando así parte del estatus militar y político que perdió con el colapso de la Unión Soviética. La producción derivada de los descubrimientos realizados en los últimos 30 años está disminuyendo en el Mar del Norte, Alaska y el Golfo de México y, cuando vuelven sus ojos hacia Medio Oriente, el panorama no parece bueno. Arabia Saudita está permitiendo que Total y Shell participen en el sector del gas natural, pero no ofreció términos lo suficientemente buenos como para atraer el interés de empresas como ExxonMobil. Si lo hubiera hecho, Lee Raymond, presidente de Exxon, tal vez no habría viajado a Moscú para sondear la posibilidad de llegar a un acuerdo con Yukos Sibneft, la compañía más importante de Rusia. Y las perspectivas de inversión en Irak no son en absoluto positivas. Asia, por su parte, está sufriendo de carencias energéticas, entre otras cosas porque las exportaciones petroleras de Indonesia, el único miembro asiático de la OPEP, están disminuyendo y la demanda se está incrementando, especialmente en China. Los asiáticos dependen mucho del petróleo de Medio Oriente y la guerra con Irak les ha recordado lo inestable que puede ser esta fuente de suministro. China cree tener la oportunidad de asegurarse el suministro ruso con un oleoducto en Siberia, pero está compitiendo con Japón por ese mismo petróleo siberiano. El presidente ruso Vladimir Putin ha logrado una estabilidad macroeconómica en el país, pero no ha conseguido eliminar los riesgos políticos, como demuestra la investigación que está haciendo el gobierno con respecto a Yukos por fraude y evasión fiscal, entre otras cosas. Mikhail Khodorkovsky, presidente de Yukos, quien más se ha esforzado por equilibrar, aunque no por remover, los riesgos regulatorios en Rusia ha utilizado su considerable influencia en la Duma para impedir que las empresas extranjeras sigan recibiendo un mejor trato fiscal que sus contrapartes locales. BP fue la primera empresa occidental de importancia en insinuar que en esas circunstancias tal vez lo mejor era buscar un acuerdo con una compañía local. ExxonMobil y ChevronTexaco parecen haber llegado a la misma conclusión, su interés en Yukos. Otro riesgo, tanto para los gobiernos como para las empresas occidentales, es la colaboración de Rusia con la OPEP. Moscú no tiene incentivos para unirse al cártel como miembro permanente, pero sí siguió el ejemplo de la OPEP al recortar su producción en 2001; además, el príncipe heredero Abdulá, de Arabia Saudita, viajó a Moscú el mes pasado para pedir a Putin una mayor cooperación. Un incremento en la producción rusa ayudará a limitar la cuota de mercado de la OPEP. Esto será útil pero no durará eternamente. Las reservas aún no han sido exploradas están el el Golfo Pérsico y el péndulo se inclinará nuevamente en favor de la OPEP. La ayuda que está proporcionando Rusia sólo es provisional. (Sin reportero)
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